Lo sabía, la vida se le estaba apagando. Así fue como decidió repartir su herencia entre sus hijos, quiso reservar el mayor porciento a quién hiciera la acción más generosa, les pidió que fueran por el mundo y luego le contaran sus experiencias. Se marcharon por distintos caminos y al cabo de un tiempo regresan al lado de su padre.
“Cuentenme, ¿Qué han hecho por sus semejantes? “padre, le dijo el más joven” a un hombre se le perdió una gran suma de dinero, yo lo encontré y se lo devolví integramente, hijo has hecho bien pues el hombre honrado es digno de grandes elogios y es grande ante los ojos de Dios.
“ Yo arriegué mi vida” dijo otro de sus hijos, cuando salvé a una niña de quemarse dentro de una casa incendiada”. Hiciste muy bien ya que quien arriesga su vida por sus semejantes es bendecido por Dios. Padre yo encontré en peligro de muerte a mi más grande enemigo, corrí hasta él y le salvé la vida, hijo mío, tu generosidad es inmensa porque has cumplido el más grande de los deberes, perdonar al enemigo.
La mayor parte de mi herencia te corresponde, el padre imaginario de este cuento es Dios, quién premiará de una manera especial a quienes hayan desechado el odio y el rencor para dar perdón. Perdón que debe ser total, sin condiciones, sin pensar que al dar perdón somos más grandes o mejores o simplemente más santos que quién recibe el perdón. El perdón con reservas es cualquier otra cosa menos reconciliación.
Sir Thomas Browne dijo: “perdonar a nuiestros enemigos pero esperar que Dios los catigue, no es perdonarlos del todo. Perdonarlos nosotros y no pedir a Dios que los perdone, es una práctica parcial de la caridad. Perdona a tus enemigos totalmente y sin ninguna reserva, que sea como sea Dios hará justicia”. Si te sientes incapaz de perdonar, te pregunto; ¿eres feliz? Ese rencor que sientes dentro de ti contribuye a que duermas, sueñes o descanses mejor.
El ver a tu enemigo destruirse contribuye en algo a tu salu mental y te produce una “cura” duradera. Eres acaso como el aváro que mientras más dinero tiene, más quiere. El supuesto placer de odiar te hace más persona, más humano, más en paz contigo mismo. Vale la pena perdonar, claro que sí. El odio y el rencor esclavizan, inutilizan, destruyen y son una pesada carga innecesaria. Tírala; dale la oportunidad al alivio reconfortante del perdón. En este preciso momento comienza una nueva vida, una preciosa existencia de armonía contigo y tus semejantes, mira la vida de frente, de cara al sol, dejando al olvido la ofensa que debilita tu existencia.
Felicidades; este es el primer día de tu existencia de olvido y perdón.
