Discusión: El Arbol
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Old 26-feb-2007, 10:10   #1 (permalink)
elsurrealista
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Predeterminado El Arbol

Recuerdo que cuando era más joven, me encantaba jugar en el árbol que se inclinaba junto a la casa de mi abuela y tocaba con sus ramas la ventana más alta del hogar. Este árbol era un viejo árbol de Ceiba de tronco muy grueso y antiguo. Sus ramas eran gigantescas y optimas para trepar y observar el paisaje en la lejanía. Mi abuela se enojaba cada vez que lo trepaba pues creía que caería y me daría en la cabeza, pero yo la desobedecía y trepaba en el árbol a jugar. Me encantaba la sombra que producía el árbol, y el fresco que ofrecía cuando el viento tocaba sus hojas. Pero dentro de mi sabia algo mas, una razón mas profunda de por que amaba tanto ese árbol. El árbol era un árbol muy especial, pues en el habitaban las hadas. Y eran numerosas.

Al principio no lo podía creer. Pues las hadas solo solían salir de noche. Y por casualidad la ventana mas alta que colinda con la rama del árbol es la ventana de mi cuarto, y podía apreciar una gama de luces a media noche juguetear, y pequeñas risotadas provenientes de los pequeños seres luminosos que hacían sus festines entre las hojas. Como todo chiquillo, al comienzo sentí un miedo profundo y me escondía bajo las sabanas y cubría mis oídos para no escuchar los diminutos seres. Pero noche tras noche los veía, y le clamaba a mi abuela que me dejase dormir con ella, pero ella solo decía que tenía una gran imaginación, y me advertía que no me daría más galletas y leche antes de dormir pues me causaba pesadillas. Y yo por no sacrificar mis dulces nocturnos accedía a que mi abuela me obligara a dormir en el cuarto.

Solo fue cuestión de tiempo en aceptar la inocencia de las hadas. Me refiero a, que ellas nunca me hicieron daño, y se veían tan alegres paseando por las ramas del gran árbol de Ceiba. Y un día, una noche digamos, decidí hablarles. Primero esperé a que mi abuela se durmiese y luego cuando comenzó la fiesterilla en el árbol, me acerque calmadamente a la ventana y la abrí con sumo cuidado. Allí estaban, los luminosos vértices de luz, las empinadas risillas, y la musiquilla de flautas, todo muy celestial. Pero de momento notaron mi presencia las hadas, y todo se mantuvo estático, muy frío y silencioso, miles de luces estáticas en aire vacío, miles de pequeños ojos observándome. Y sentí un fuerte escalofrío, y un fuerte miedo, y repentinamente traté de retroceder pero me resbalé y comencé a caer. Comencé a caer de lo alto del árbol de Ceiba, y pensé que moriría, pero de momento sentí como miles de lucecillas me rodeaban. Las hadas todas se habían movilizado, y ahora flotaba en el aire. Me colocaron las hadas junto a la ventana y flotaron una vez mas al árbol para continuar su fiesta. Con una sonrisa en mi rostro las observé, pues sabía que me había ganado valiosos amigos.

Noche tras noche observaba las hadas. Y noche tras noche dibujaba los rostros, y su gran civilización. Tenían un bellísimo imperio, una reina y un rey. La reina era la más luminosa y el rey siempre bailaba con ella el Waltz, y todos los súbditos bailaban junto a ellos. Tenían soldados que protegían las altas ramas de los árboles y brillaban como esferas de luz en la noche. Y en la luna llena entonaban canciones dulces a la noche. Y siempre mi abuela solía preguntarme por que dejaba la ventana abierta y yo solía decirle que era solo por que necesitaba aire fresco, pero no era así, las hadas se encargaban de cantarme, y yo solo dormía en paz.
Entonces llegó el día en el cual mi sueño fue arruinado por un estrepitoso sonido. Se escuchaba como el rugido de una gran bestia metálica. Rápidamente corrí hacia la ventana y observé al suelo y en horror presencie la maquina cortadora de árboles. Estaban cortando el viejo árbol de Ceiba, con el moriría la sombra y el fresco…y también moriría el imperio de las hadas, todo por una queja de los vecinos referente al gran árbol. Lagrimas corrieron por mi rostro y comencé a gritar. Mi abuela corrió a consolarme y me preguntaba mil veces que me ocurría y yo solo hablaba de las hadas. Mi abuela me observaba con gran preocupación. Yo solo lloraba.

El árbol cayó al suelo, murió, lo colocaron sobre un camión y fue llevado lejos a convertirse en algún juego de salas o comedor. Luego de todo esto, mi abuela se acercó y me dijo:
-Yo se de las hadas.-
Y yo incrédulo, y un poco enojado le pregunté:
-¿Qué hadas?-
-Las hadas, no te hagas el que no las has visto.-
El color se fue de mi cara.
-Ah, me lo suponía. No necesitabas aire fresco, solo deseabas escucharlas. Si, te digo que si, son hermosas.-
-Y no volverán.- le interrumpí. La abuela me miró un poco enojada.
-¿Cómo que no volverán?- me preguntó un poco confundida.
-No volverán, cortaron su hogar. Ya no volverán las hadas.-
-¿Pero quien dice? Acaso no sabes que las hadas…bueno…ven y te mostraré.-

La abuela tomó una vela y mi mano y me dirigió hasta un lugar que nunca había visto en la casa. Pasamos unas escaleras espirales, llegando casi a la torre del viejo hogar. Y allá comencé a escuchar los sonidos. Eran familiares, sonidos extremadamente familiares. En la oscuridad, la única luz proviniendo de la vela que mi abuela cargaba, las pude observar. Las esferitas luminosas de las hadas, se esparcían a través de la torre. Y allá arriba en el desván, estaba el gran imperio. Casitas, castillos, arbolitos, vías de trencitos, automóviles, y muchas risillas penetraban mis oídos. Las hadas realmente vivían allí, y el árbol solo era un sitio de socializar. Y el rey y la reina se paseaban por la ciudad. Y mi abuela, observando mi asombro, me dijo:
-Siempre han estado aquí. Tu abuelo las descubrió, pues estaban con la casa cuando la compró, son buenas compañeras, y sus voces son angelicales.- y cerró los ojos y vi como se dejó llevar por los sonidos angelicales de miles de susurros y voces de soprano, y el dulce aliento de vida que daban las hadas.
Yo hice lo mismo.


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